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martes, 7 de septiembre de 2010

Un día en el ruedo



Rey Ojeda C.
Mercadotecnia UP (5to semestre)

Después de unos deliciosos tacos de barbacoa y dos horas en la carretera, llegamos a la plaza de toros de Ixmiquilpan, Hidalgo. El objetivo de la visita era organizar la corrida que se celebra anual en el pueblo y nuestras tareas iban desde adornar la plaza hasta volantear para atraer gente. Pero, ¿acaso esta entrada es para adorar el arte de los toros o criticar el sadismo de esta antiquísima tradición? No, el objetivo de escribir esta experiencia es por un fuerte vuelco que dio mi corazón al estar cortando los boletos en las puertas de la plaza.

En ese par de horas en las que estuve cuidando que no se introdujeran alimentos ni bebidas, que no entraran quince personas con ocho boletos y evitando todas las tradicionales mañas del mexicano, hubo varias anécdotas, desde curiosas hasta conmovedoras, pero por la que escribo esto es por los sentimientos que movió en un hombre con su hija. Iba el tercer toro de seis, es decir, poco antes de la mitad del cartel. Mi compañero había ido a revisar si necesitábamos entregar boletos o apoyar en alguna tarea, cuando este señor se me acerca tomando a su pequeña hija de la mano.

- ¿Podría asomarse mi hija?

Era una niña de cuatro años con su carita manchada. “Por supuesto” respondí. El señor se quedó en la puerta mientras yo acompañaba a la niña a las gradas para que viera la arena, para nuestra mala suerte era el tiempo entre corridas. Acompañé a la niña de nuevo con su papá.

- Si quiere volver en unos minutos, la vuelvo a acompañar.
- Muchas gracias, joven.

Estaba emocionado por haber ayudado a una niña que no tiene nada en absoluto a sonreír, pero a la vez deseaba que volviera para que viviera un día como el resto de la gente. Afortunadamente, regresó un toro después.

- ¿Puede volver a asomarse?

La acompañé a la grada y de inmediato se sentó con una sonrisa en los labios. La teoría decía que nada más iba a estar parada sin quitarle lugar a una persona que había pagado su boleto, pero la verdad es que prefería que me regañaran o no me pagaran a arruinarle la ilusión a la pequeña.

- Ya está sentada – le dije a su papá.
- Muchas gracias, ¿podría echarle un ojo?
- Claro que la cuido, pero mejor pase usted.
- ¿Podría pasar su abuela, mejor?
- Por supuesto.

El hombre llamó a una señora muy mayor a la que acompañé con su nieta. A los 20 minutos no saben la emoción que me dio ver que la pequeña se asomaba a la puerta solo para sonreírme y saludarme.

¡Qué fácil es hacer feliz a un niño y qué triste es que no todos los puedan ser! Sólo unos minutos viendo a un hombre toreando le cambió la semana. Por un una hora se le olvidó que al llegar a casa a lo mejor no habría que comer o que ni siquiera había casa a la que llegar.

¿Qué es lo que quería obtener al compartir este recuerdo? Lo ideal sería que todos fuéramos a hacer servicio social y cuidáramos a los necesitados o que nos diéramos cuenta que con hacer pasar un momento agradable a un ser humano podemos llegar a cambiar su vida, pero más que eso lo que busco es compartir él como uno se da cuenta de lo que quiere hacer en la vida.

No sé si llamarlo vocación porque no soy pedagogo y tampoco quiero llamarlo fin máximo porque no soy filósofo, pero ese tipo de momentos son los que cuando los encuentras, te sirven de guía para elegir carrera o para tomar todas las decisiones de nuestra vida. En mi caso es para generar sonrisas en los niños y jóvenes, así como para ti puede ser la emoción de crear una campaña publicitaria que haga que la gente compre un producto o salvarle la vida a miles de enfermos. Pero en resumen lo que quiero que te quedes después de leer todos estos párrafos es que la vocación se encuentra y para eso se debe buscar, pero nunca lo sabrás hasta que de verdad tu corazón vuelque de vivirlo y no sólo por imaginarlo
.

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